Blog personal i polític de Manuel Cáceres
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23-F, tan cerca y tan lejos
23 feb
Hoy se cumplen veintinueve años de aquel día en el que un grupo de guardias civiles irrumpieron en el Congreso de los Diputados, en lo que pretendía ser el primer movimiento de un golpe de estado en toda regla. Ya sé que no es un aniversario redondo, que es cuando estos recordatorios suelen hacerse, pero me apetece escribir sobre ello.
La primera noticia de la irrupción de los guardias en el hemiciclo la tuve a través de la radio del encargado de los futbolines de la calle Calvet (cerca de la plaza Francesc Macià, que entonces muchos seguían llamando Calvo Sotelo), en los que pasé muchas horas de mi juventud (siempre lo digo, yo era un chico de barrio). Tras los primeros momentos de confusión, en los que no se sabía qué había pasado exactamente, recuerdo haber estado por la noche viendo la televisión hasta la aparición del Rey Juan Carlos. Y al día siguiente, los pocos que nos decidimos a ir (yo entonces tenía 19 años y estaba en mi primer año de universidad, estudiando Matemáticas, aunque duré poco), nos reunimos en una sala (no sé si era un aula o una sala de estudios o qué) en el edificio histórico de Plaça Universitat, por cuya megafonía seguimos las últimas novedades gracias a la emisión de una cadena de radio, hasta confirmar la finalización del episodio.
Muchos no lo vivisteis, yo sí, y lo recuerdo como algo lejano y cercano a la vez, según piense que ya hace 29 años, o que sólo hace 29 años. Pero en todo caso lo recuerdo como algo real, muy real: nuestra incipiente y frágil democracia, cuya Constitución no tenía ni tres años, estuvo a punto de acabar porque los de siempre, los que creían (y creen, me temo) tener un derecho divino a mandar, decidieron que así debía ser, en la más rancia tradición de los muchos pronunciamientos militares que jalonan nuestra historia. Que no lo consiguieran no quiere decir que la amenaza no fuera muy real (que se lo digan, si no, a todos aquéllos que en un ejercicio de responsabilidad y prudencia se encargaron de ocultar, de las más variadas maneras, los archivos de los militantes de su partido, conozco más de un caso, aunque yo entonces no militaba). No le quitemos importancia.
Hoy seguramente suena a batallita, pero el recuerdo de estos hechos debería servir para no perder de vista las condiciones en las que se hizo la transición, sin las que no se podría explicar cómo y por qué hemos llegado a dónde ahora estamos, y lo difícil que fue aquello para los que tuvieron la responsabilidad de llevarlo a cabo. Es muy fácil desde nuestra cómoda democracia, ya consolidada (con todos los defectos que querais, pero democracia al fin y al cabo) criticar el trabajo de quienes, desde la izquierda (con la ayuda, ciertamente indispensable, de elementos del régimen) fueron capaces de conseguir algo que, aunque ahora pueda parecerlo, no fue nada fácil. Podemos, desde una fácil y estética radicalidad, menospreciar su esfuerzo, pero no se lo merecen, porque en aquellas condiciones era complicado conseguir lo que consiguieron, y casi imposible conseguir algo mejor.Vaya por tanto para todos ellos (y ellas) mi reconocimiento.
Pero este reconocimiento en lo personal no puede servir como excusa para negarse a revisar lo que entonces se hizo. Antes al contrario, precísamente porque la situación actual es muy diferente a la de entonces, y porque afortunadamente muchos de aquellos condicionantes han desaparecido, es el momento de volver la vista atrás y recuperar aquellos temas que entonces voluntariamente se obviaron para no perjudicar el objetivo principal. Y desde esta perspectiva, y con respeto a la democracia, no hay nada intocable, nos lo podemos plantear todo, desde la forma del Estado (yo me sigo considerando republicano, y me consideraré siempre) a su relación con la Iglesia Católica, por ejemplo.
Y, sobre todo, es preciso recuperar nuestra memoria histórica. Le pese a quien le pese, en la guerra y durante la dictadura se produjeron crímenes que, sin bien ya no podrán ser castigados (porque sus responsables, en su gran mayoría, están muertos) sí merecen al menos ser recordados. No me mueven motivaciones personales, aunque mi abuelo materno fue fusilado, tras un consejo de guerra desarrollado en una plaza de toros (no recuerdo ahora si en Pozoblanco o en Peñarroya), en el verano de 1939, dejando una viuda y nueve huérfanos, pero creo que es de justicia y la memoria de las víctimas, de estas víctimas tanto tiempo olvidadas, lo merece.



