Blog personal i polític de Manuel Cáceres
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La obligatoriedad del catalán es constitucional
11 feb
Muchos pensaran: ahora que nos habíamos olvidado del Estatut y que hay sobre la mesa tantos temas y tan interesantes, viene éste pesado a hablarnos otra vez del tema. Pues sí, efectivamente, más que nada porque, aunque la existencia de otros temas de actualidad nos lo haya hecho olvidar, resulta que hace ya algunos años los catalanes refrendamos un Estatuto de Autonomía posteriormente recurrido por el PP (y por el Defensor del Pueblo, y por más gente), recurso que, pese al tiempo transcurrido, se encuentra aun pendiente de resolución.
No es mi objetivo hoy escribir sobre todos los artículos objeto de impugnación por el PP. Sería demasiado extenso porque, como nos recordaba hace unas semanas la compañera Lidia Santos, el PP impugnó ni más ni menos que 136 artículos, en un recurso que, un día, pasará a la Historia como ejemplo de mala utilización del Tribunal Constitucional por parte del PP, que impugna preceptos del Estatut que no impugna, e incluso apoya, en otros Estatutos.
Quiero centrarme en el tema de la lengua, aprovechando comentarios que escribí ya hace algunos días en un post de Ana Aldea, en su blog En modo esponja que llevaba por título Peligro: Upyd. Como allí dije, creo que la obligatoriedad de conocer el catalán establecida en el Estatut encaja perfectamente en la Constitución, sin forzar ni su letra ni su espíritu, y que por tanto el Tribunal Constitucional está obligado a interpretar ambas normas de forma que dicho encaje se produzca. Porque, contra lo que algunos parecen pensar, la obligación del TC no es buscar cómo cargarse al Estatut, sino cómo interpretarlo de forma que quepa dentro del marco establecido por la Constitución (lo que implica también interpretar ésta de forma adecuada). No olvidemos que el Estatut no es una norma cualquiera, es una Ley Orgánica aprobada por las Cortes a propuesta del Parlament de Catalunya y refrendada por la ciudadanía en referéndum.
Ya entro en materia. El Estatut en su artículo 6, apartado 2, establece:
2. El catalán es la lengua oficial de Cataluña. También lo es el castellano, que es la lengua oficial del Estado español. Todas las personas tienen derecho a utilizar las dos lenguas oficiales y los ciudadanos de Cataluña el derecho y el deber de conocerlas. Los poderes públicos de Cataluña deben establecer las medidas necesarias para facilitar el ejercicio de estos derechos y el cumplimiento de este deber. De acuerdo con lo dispuesto en el artículo 32, no puede haber discriminación por el uso de una u otra lengua.
Se establece, por tanto, el derecho y el deber de conocer el catalán, igual que el castellano.
¿Y qué es lo que nos dice la Constitución sobre el tema?. Está en su artículo 3:
- El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.
- Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.
- La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.
Analicemos lo que dice (y lo que no dice) la Constitución en cuanto al castellano y a las demás lenguas españolas:
- La Constitución establece la oficialidad del castellano, y como consecuencia de dicha oficialidad el deber de conocerlo.
- La Constitución establece la oficialidad de las demás lenguas españolas, y se remite a los respectivos estatutos en cuanto a los términos de dicha oficialidad.
- La Constitución no prohibe que pueda establecerse el deber de conocer dichas lenguas.
Ergo, si la Constitución establece como consecuencia de la oficialidad del castellano el deber de conocerla, y establece asimismo la oficialidad de las demás lenguas españolas en los respectivos territorios remitiéndose a los estatutos, es perfectamente coherente con el texto constitucional que dichos estatutos establecan como consecuencia de la oficialidad de dichas lenguas en su territorio el deber de conocerlas. No digo que sea la única, pero sí que es una interpretación posible sin violentar lo más mínimo la letra y el espíritu constitucionales y en sintonia con la configuración territorial del Estado establecida en el Título VIII.
Los que no comparten esta interpretación, se amparan en el artículo 139 del texto constitucional, que establece en su apartado 1:
Todos los españoles tienen los mismos derechos y obligaciones en cualquier parte del territorio del Estado.
Y según ellos este artículo se vulnera si en una comunidad autónoma se hace obligatorio el conocimiento de su lengua oficial propia, además del castellano. Pero no puedo compartir esta interpretación, por dos razones:
- Si definimos como obligación el conocimiento la lengua oficial de la comunidad, en las comunidades en las que, al amparo de la Constitución, hay más de una lengua oficial, dicha obligación puede lógicamente extenderse a ambas, sin vulnerar ni el fondo ni la forma del art. 139. La obligación es la misma: conocer la lengua o lenguas oficiales, no hay discriminación, salvo que entendieramos discriminatoria la propia existencia de dos lenguas oficiales, conclusión absurda por contradecir frontalmente el artículo 3.
- No puede interpretarse el artículo 139 de forma que entre en contradicción con el resto del texto constitucional. Llevado al extremo, vaciaríamos de contenido no sólo el Título VIII relativo a las compentencias de las Comunidades Autónomas, sino también nos estaríamos cargando la autonomía municipal, puesto que la simple residencia en un municipio u otro, incluso de la misma Comunidad Autónoma, comporta indudablemente diferentes derechos y obligaciones, derivados de la propia potestad municipal de regular por ejemplo el ejercicio de actividades económicas, los tributos o incluso la circulación de vehículos.
No me vale tampoco la distinción entre obligaciones y concreción de esas obligaciones, que algunos hacen. Porque si una Comunidad Autónoma puede aprobar leyes que prácticamente eliminan un impuesto en ciertos casos mientras que otra lo mantiene, con diferencias importantísimas de tributación, estamos afectando a la existencia misma de la obligación, no a su plasmación. Eso por no citar el caso sobre el que hace mucho tiempo escribí del diverso valor de los votos en según que partes del territorio, algo que afecta profundamente a los derechos de las personas, y que aun no he visto que sea atacado por ningún defensor de la igualdad invocando el artículo 139 (y en este caso sería con razón).
Y si mi opinión no es suficiente, me remito a lo que el propio TC ha dicho en su Sentencia 37/1987:
el principio constitucional de igualdad no impone que todas las Comunidades Autónomas ostenten las mismas competencias, ni, menos aún, que tengan que ejercerlas de una manera y con un contenido y unos resultados ídénticos o semejantes. La autonomía significa precisamente la capacidad de cada nacionalidad o región para decidir cuándo y cómo ejercer sus propias competencias en el marco de la Constitución y del Estatuto. Y si, como es lógico, de dicho ejercicio derivan desigualdades en la posición jurídica de los ciudadanos residentes en cada una de las distíntas Comunidades Autónomas, no por ello resultan necesariamente infringidos los arts. 1, 9.2, 14, 139 y 149.1.1ª” CE, ya que estos preceptos no exígen un tratamiento jurídico uniforme de los derechos y deberes de los ciudadanos en todo tipo de materias y en todo el territorio del Estado, lo que sería frontalmente incompatible con la autonomía, sino, a lo sumo, y por lo que al ejercicio de los derechos y al cumplimiento de los deberes constitucionales se refíere, una igualdad de las posiciones jurídicas fundamentales.
En esta página del Congreso de los Diputados encontrareis reproducciones de esa y otras sentencias, así como comentarios.
Telecinco se adhiere al Manifiesto de la defensa del castellano
21 oct
Hace unos meses escribi una entrada en la que bajo el título El interminable tema de la lengua, me refería a la utilización política que ciertas personas y partidos efectúan del tema lingüístico, aunque para ello tengan que deformar la realidad (mentir, hablando en plata), y sin importarles que su actitud fomente los conflictos entre comunidades autónomas. No deja de ser una pena que, lo que yo he considerado siempre una riqueza, esto es, el plurilingüismo de España, muchos lo vean como un problema a erradicar. Y conste que esta visión existe en los dos lados, tanto en los que quisieran un castellano única lengua oficial en todo el Estado como en los que desearían que la única lengua oficial en Cataluña fuera el catalán (y seguro que lo mismo pasa en otros territorios).
Como por lo visto el tema es políticamente rentable, se convierte, como decía el título de mi entrada anterior, en interminable, y aquí tenemos una nueva vuelta de tuerca, en forma de Manifiesto en defensa del castellano. Habría que empezar por preguntar defensa ante quien o contra quien. ¿Cuál es la amenaza de la que el castellano ha de defenderse? ¿Quién lo ataca? Para los redactores del manifiesto parece claro: el enemigo son las demás lenguas de España. Tan lamentable como falso.
Prefiero no entrar en el contenido del manifiesto, que parte de unas premisas que creo que no se ajustan a la realidad, pero sí quiero comentar un punto que simpre me ha causado especial extrañeza: el teórico derecho a recibir la enseñanza en castellano. ¿De dónde sacan que este derecho existe? No es una pregunta retórica, si hay algún sitio donde lo ponga me gustaría saberlo. Y más allá de eso ¿Es que en castellano las matemáticas son más fáciles o más difíciles que, por ejemplo, en catalán? ¿Es que las fórmulas son diferentes? ¿Es que el seno de un ángulo, aunque aquí le llamenos sinus, no sigue siendo en catalán igual al cateto opuesto dividido por la hipotenusa? Supongo que las famílias que han llevado a sus hijos al Liceo Francés, o a la Escuela Alemana,donde la enseñanza se efectúa en las lenguas correspondientes, no eran conscientes de que estaban renunciando a tan fundamental derecho.
Creo que hay que estar muy fanatizado, o tener muy poca información, para creer que el gallego, el euskera o el catalán (se le llame así o se le llame valenciano, no deja de ser lo mismo), por no hablar de las otras lenguas o dialectos no oficiales, son una amenza para el castellano, que al menos en Cataluña, que es donde conozco la situación de primera mano, campa a sus anchas con más salud que nunca. Y no es una opinión, a los hechos me remito, en concreto a los que citaba en la entrada reseñada al principio, que no repetiré aquí.
Que el manifiesto tenga ese contenido ya nos lo podemos imaginar viendo algunos de los nombres que lo firman: encontramos entre ellos a Arcadi Espada o Albert Boadella, sobre quien no reiteraré mi opinión. Por no hablar del apoyo que le da la ínclita Rosa Díez, a quien directamente prefiero no calificar aquí para no alargarme.
Que una cadena como Tele 5 se adhiera al manifiesto, denota bien ignorancia, bien una nula sensibilidad hacía las lenguas españolas distintas del castellano (cosa que, por otra parte, pone de manifiesto claramente su programación), y significa echar más leña al fuego del teórico conflicto. Porque esto provoca que ya circulen correos pidiendo el boicot a la cadena, que seguro provocarán otros correos en sentido contrario, etc, etc, etc. lo que solo beneficia a los partidos que se alimentan de ello (en parte el PP, pero fundamentalmente y sobre todo Ciudadanos y UPyD).
Yo no veo Telecinco, ni tampoco Antena 3, por cierto, más allá de alguna serie americana de forma ocasional. No por manía, sino porque sencillamente no me gusta su programación, así que difícilmente podré verla menos. Pero tampoco soy partidario de pedir boicots. Cada cual es mayorcito para decidir qué hace y qué ve, y lo único que pretendo es que la información circule para que todo el mundo pueda tomar sus decisiones con conocimiento de causa.
El interminable tema de la lengua
5 mar
Vaya por delante que no me gusta escribir obviedades, pero en mi opinión básicamente obviedades son las cosas que a continuación expondré. Lo que pasa es que, al parecer, ciertas cosas para algunos no son tan obvias, o eso quieren que pensemos. Y como este mensaje está escrito pensando en ellos, lo escribo en castellano, para que lo entiendan si por un casual alguno lo lee. Voy:
La actual situación lingüística en Catalunya no es, aunque muchos quieran hacérnoslo creer, fruto de un proceso natural de evolución, suponiendo que dichos procesos naturales hayan existido alguna vez. O sea, la actual situación de predominio del castellano en Catalunya (supongo que esto está claro, si no, véase como ejemplo esta noticia del 20 Minutos de ayer), no se debe a que a la gente le guste más o sea más fácil o a que, como oí una vez de labios de alguien, sea un idioma más bonito o más agradable (como si la gente hablara uno u otro idioma en función de su belleza). Se debe, entre otras cosas (he de simplificar, sino este escrito seria más largo de lo que ya a buen seguro será) a que a lo largo de la Historia de España, y particularmente durante el siglo pasado, el catalán ha sido marginado y perseguido por quienes, por la fuerza de las armas, gobernaron este país.
Sí, básicamente me refiero a la dictadura franquista, tan próxima en el tiempo y tan lejana a la vez en la memoria de muchos. Para quien no lo sepa o no quiera saberlo, durante digamos veinticinco o treinta años (la dictadura duró más, pero ciertamente en los últimos años la cosa se relajó) hubo una única lengua oficial, el castellano, y el catalán estaba proscrito no solo en las relaciones con la administración pública, sino incluso en cuanto a su uso público entre particulares (sobre todo en los primeros años, que yo no viví pero me han contado). Entre otras cosas, esto quiere decir que el catalán estaba ausente de todos los medios de comunicación (prensa escrita, radio y televisión desde su inicio), de los espectáculos, incluso los deportivos (recuerdo que se castellanizaron incluso los nombres de los equipos), de la educación, de los libros, de las publicaciones infantiles, de la música. Como he dicho antes, a partir de un determinado momento la situación se relajó algo, y empezó a permitirse la música en catalán, los libros, las publicaciones infantiles … pero en el mejor de los casos la proporción entre oferta en castellano y en catalán no guardaba proporción alguna. A título de ejemplo, yo, hijo de emigrantes cordobeses (concretamente de Belalcázar, villa con un famoso y bonito castillo que espero que la Junta de Andalucía, que es su actual propietario, algún día pueda restaurar, y perdón por la divagación) viví mi infancia y mi adolescencia totalmente al margen del catalán. Sí, sabía que existía, e incluso oía gente que lo hablaba, pero ni yo lo hablaba, ni lo leía, ni falta que me hacía para nada. No tuve catalán como asignatura hasta que cursé tercero de BUP (curso 78-79), y ese fue el único año, y toda mi enseñanza salvo alguna asignatura en la universidad (o sea en los ochenta) se cursó en castellano. Y ojo, el castellano es y será mi lengua materna, y no renuncio a él en absoluto, pero creo que no necesita ser defendido, no en Catalunya, al menos.
Muerto el dictador y con él su dictadura, para haber revertido el efecto de la persecución a que acabo de referirme habría que haber hecho lo mismo, pero al revés. O sea, que durante veinticinco o treinta años el catalán hubiera sido la única lengua oficial, y la de todos los medios de comunicación, los libros, las publicaciones infantiles, los espectáculos, el comercio, las empresas, la educación, etc. Pero aparte de las dificultades técnicas que ello hubiera supuesto en un mundo en el que, afortunadamente, las fronteras cada vez importan menos, nadie nunca pretendió eso, porque un gobierno democrático no puede comportarse como una dictadura. Ya sé que algunos, con un cinismo que a mí me cuesta entender, comparan la política lingüística de los diversos gobiernos de Catalunya con la de la dictadura, pero todo aquel que haya vivido las dos épocas, o que se haya molestado en informarse, sabe que es mentira, una más.
En lugar de eso, los diversos gobiernos de Catalunya hicieron lo que era no solamente su derecho, sino su obligación: adoptar medidas para intentar que el catalán ocupara el lugar que a buen seguro hubiera ocupado de no mediar la dictadura, fomentando su uso en todos los ámbitos, pero sin que ello supusiera, de ningún modo, prohibir el uso del castellano (digan lo que digan los mentirosos, no se sanciona a nadie por usar el castellano, se sanciona por no usar el catalán cuando la ley así lo indica, y eso no es ni mucho menos lo mismo). Quizás la medida estrella de todo el sistema fue la adopción de una única red educativa, que en lugar de separar a los alumnos por su lengua (con todo lo que ello hubiera supuesto de negativo) los integrara, y que para conseguir el equilibro entre las dos lenguas, utilizaba la inmersión lingüística en catalán como herramienta, porque como a mi me enseñaron cuando estudiaba derecho, igualdad es tratar desigualmente a los desiguales, y la situación entre castellano y catalán no podía ser más desigual. Hay que decir, de todos modos, que la inmersión lingüística nunca ha existido de un modo generalizado, porque aunque el catalán haya sido la lengua oficial de los centros y la vehicular de la enseñanza (y no pondría yo la mano en el fuego porque siempre haya sido así), no lo ha sido en la relación personal entre alumnos, o entre alumnos y profesores fuera de clase, y eso, se mire por donde se mire, no es inmersión.
Pero bueno, con esta pseudoinmersión, y otras medidas de normalización lingüística, más o menos pudo mantenerse la presencia social del catalán, sin que ello supusiera ningún problema para la inmensa mayoría de los castellanoparlantes, o si lo supuso no nos enteramos de ello hasta que, oh casualidad, Catalunya paso a ser gobernada por una mayoría de progreso. Fue entonces cuando, por razones eminentemente políticas, desde dentro y, sobre todo, desde fuera de Catalunya, comandados por los medios de comunicación españoles, o mejor dicho de la “Puta España, negra, cavernícola, reaccionaria, casposa y fascista” a la que se refería el genial y llorado Pepe Rubianes, y que por fortuna no se corresponde con la España plural en la que muchos creemos, se iniciaron los ataques a gran escala contra la política lingüística catalana (que llevaba ya veinte años de aplicación), denunciando una presunta persecución del castellano, y de los castellanoparlantes.
Pero, ¿cual es la realidad de Catalunya? Pues la realidad es que, veinticinco años después de la ley de normalización lingüística, si yo quiero ir al cine y ver una película en catalán, mis opciones son mínimas (solo un 3% de las películas se doblan al catalán). Si quiero comprar un libro, tengo muchas más opciones en castellano que en catalán (y no solo porque el castellano tenga a nivel mundial más hablantes y más escritores que el catalán, que eso sería lógico, sino porque muchas obras que no han sido escritas en ninguno de los dos idiomas no se traducen al catalán). Si quiero comprar un periódico en catalán, tengo poco donde elegir (y por ejemplo entre los deportivos aun menos).
Si quiero ver televisión en catalán, y descontando el satélite y el cable, porque entonces la situación es aun peor, tengo que elegir entre TV3, C33, K3, 3-24, Canal 9 (que aquí podemos ver aunque los peperos valencianos no permitan que allí se vea TV3) y algunas televisiones locales. A lo sumo un tercio del total de los canales. ¿Canales temáticos de, por ejemplo, dibujos animados o programación infantil en catalán? Digamos que medio (o sea una parte del K3). ¿Y en castellano? Sin satélite ni cable, tenemos Clan TV y Disney Channel, y si les añadimos Playhouse, Jetix, Boomerang, Cartoon Network, etc. mejor no contarlos.
Así se explica que mi hija, con casi seis años, que asiste un colegio público donde se practica esa pseudoinmersión lingüística a que me he referido, que habla con sus padres únicamente en catalán, igual que con el resto de la familia salvo sus abuelos paternos (mis padres) y a la que le compramos libros únicamente en catalán, hable, entienda y lea perfectamente en castellano (tan perfectamente como en catalán, al menos, teniendo en cuenta su edad).
Por eso cuando oigo a alguien hablar de persecución del castellano en Catalunya, de lo primero que me vienen ganas es de decirle, utilizando una bonita expresión que, mira por donde, se utiliza tanto en castellano como en catalán, es que se vaya a hacer puñetas.
Pero en realidad, todos sabemos que la verdadera motivación del tema no es la que utilizan como excusa. La verdadera motivación es que hay quien piensa que como estamos en España, hay que hablar en español (como ellos lo llaman), por sus cojones. Y punto. Y deliberadamente, con toda la chulería y la prepotencia que les caracteriza, olvidan que Catalunya tiene una lengua propia, que se llama catalán, que igual que el castellano y otras derivó del latín, y que se habla desde hace cientos de años, no para fastidiar a nadie, sino con la misma naturalidad que en Valladolid se pueda hablar castellano o francés en París. Y que es legítimo que queramos preservar esa lengua, y que por lo tanto nuestros gobernantes adopten las medidas necesarias a tal fin. Tanto como que se intente proteger al castellano, o al francés, contra el predominio del inglés (o incluso más, puesto que su situación es peor).
Posiblemente para ellos sea más incómodo (a la gente cerrada de mente eso de aprender cosas nuevas se les hace muy cuesta arriba, es curioso en cambio ver como hay recién llegados que con una mínima voluntad utilizan el catalán sin problemas), pero dado que aquí no obligamos a nadie a quedarse, si tan insoportable se les hace, tienen una fácil solución.
Cada uno en su lugar
17 sep
Resulta que Albert Boadella se nos va a Madrid (bueno, no dónde estaba, porque hace ya tiempo que se despidió de Cataluña). El caso es que Esperanza Aguirre le ha propuesto, y él ha aceptado, dirigir el teatro “El Canal de Isabel II”. No me extraña en absoluto. Y no me extraña porque sigue el camino de otros/as muchos/as (Cristina Alberdi, Gotzone Mora, etc.) que desde una inicial militancia de izquierdas han acabado en opciones conservadoras y, y no es un tema baladí, ocupando un cargo (retribuido, of course) en una Administración gobernada por el PP.
Los andaluces no son ignorantes
16 feb
Creo que he escrito ya alguna vez (y si no, lo he pensado) que los anuncios del PP están hechos para los adictos y para los ignorantes. O sea, para los que no quieren ser críticos y para los que no pueden serlo, porque no dan para más. Y la última campaña lo confirma de nuevo, con el agravante de que también hacen parecer ignorantes a sus protagonistas.
Me refiero a una de las cuñas radiofónicas con las que el PP (en este caso el de Andalucía) continúa su campaña de mentiras, en concreto a la que habla de la lengua, y en la que un padre empieza diciendo (si quieres oirla entera, pulsa aquí):
¿Sabes que si nos vamos de Andalucía a Cataluña nuestro hijo tendrá que estudiar en catalán?
A lo que la madre contesta, así como muy sorprendida:
¿Cómo?
Y el padre le responde que en Cataluña es obligatorio estudiar en catalán, y no se puede en castellano …
Porque Zapatero lo consiente y Chaves lo apoya.
Y como conclusión, una tercera voz nos dice:
El pacto de Zapatero con el nacionalismo catalán perjudica a los andaluces.
¿Pueden juntarse más tonterías en menos palabras? Es díficil, aunque no imposible. Y esto lo digo porque:
1. La inmersión lingüística en las escuelas catalanas se practica nada menos que desde el año 1983, hace la friolera de 23 años, con lo que. Los jóvenes que nacieron entonces y han continuado sus estudios están hoy en la universidad. La ley que instauraba la inmersión lingüística catalana (cuyo objetivo, por cierto, es que no hubiera catalanes de primera y de segunda, segregando por razón de lengua como algunos sugerían) fue objeto en su tiempo de recursos que permitieron que el Tribunal Constitucional se pronunciara sobre su constitucionalidad. Si hay alguien que descubre eso al cabo, repito, de 23 años, es que solo lee el AS o el HOLA, y le importa poco, muy poco, lo que pasa a su alrededor. Quizás el hecho de que ahora los andaluces ya no se vean forzados a emigrar a Cataluña (ni a otros sitios) como tuvieron que hacer durante generaciones, también tenga algo que ver, aunque no es excusa.
2. Si admitimos que Zapatero lo consiente (hagámoslo, aunque la terminología no me gusta) deberemos concluir que también lo consintieron Aznar o González antes. ¿O no? ¿Tampoco lo saben, o se les ha olvidado? Pero es que las leyes, DEBEN consentirse, o acatarse, para eso se promulgan. No hay otra opción, salvo su infracción. Y ni Zapatero (ni Aznar ni González) tienen que dar permiso para que un Parlamento como el de Cataluña, libremente elegido por los ciudadanos, legisle sobre materias propias de su competencia, en el ámbito que la Constitución y el Estatuto le reservan. Ningún Presidente del Gobierno puede hacer otra cosa, aunque a alguno le gustara que salieran los tanques a la calle, porque me parece que esto del Estado de la autonomías (que no es un invento de Zapatero, dicho sea de paso) le queda un poco grande intelectualmente hablando.
3. ¿Qué narices tendrá que ver el pacto de Zapatero con el nacionalismo catalán, que no tiene ni dos años, con una ley que lleva en vigor veintitrés? ¿Hay una aplicación retroactiva del pacto que ha cambiado el pasado? ¿Hablamos de política o de ciencia-ficción?
A este paso, al pacto de Zapatero con el nacionalismo catalán le imputaremos todo, desde el penoso papel de la selección española del fútbol en el mundial del 82 a la pérdida de las colonias, pasando por la pertinaz sequía, sustituyendo en el poco agradable papel de culpable-de-todos-los-males al contubernio judeo-masónico de que tanto oímos hablar.
Y no quiero acabar sin comentar que, en el próximo anuncio (mejor que no lo haya, pero me temo que no me harán caso), podrían cambiar las tornas, y que el papel de ignorante supino lo hiciera el padre, y no la madre. Porque en éste, el padre, aunque veintitrés años tarde, se ha enterado de algo (lo habrá oído en la COPE antes de ayer), pero lo que es la madre, pobrecita, sigue en la inopia.
En fin, por suerte para los andaluces, esa caricatura no los representa, pero lamentaría que alguien se lo pudiera creer. No se lo merecen.


