Mensajes contradictorios

Esta entrada de Rinze que leí ayer incluye una gráfica en la que a partir de los datos de la encuesta del CIS se compara la evolución de partidos y clase política, de una lado y terrorismo, del otro, como objeto de preocupación de la ciudadanía. En la misma se aprecia una disminución de los ciudadanos que incluyen entre los tres principales problemas de España el terrorismo (disminución lógica, a la vista de la reducción de atentados y de la menor percepción de peligrosidad, lo que no quiere decir que no la tenga, de la banda terrorista ETA), y un aumento de los que entre ellos incluyen a los partidos políticos y/o la clase política.

No es que los datos sean espectaculares, o a mí al menos no me lo parecen, dado que el porcentaje de ciudadanos que incluyen entre los tres principales problemas a los políticos o la política apenas supera el veinte por ciento, lo que visto lo visto, y los ríos de tinta que se vierten en denostar, merecida o inmerecidamente, a la clase política, no es demasiado. Pero dado que este porcentaje se ha venido moviendo en torno al diez por ciento, el hecho de haberse doblado en apenas un año y medio parece dar la razón a quienes ven a la política y a los políticos como fuente y origen de todos los males, por contraposición a los sufridos ciudadanos que tienen que aguantarlos (como si no los hubieran votado). En la propia entrada hay diversos comentarios muy interesantes sobre la posible explicación de los datos presentados (como por ejemplo éste, que lo relaciona con la situación económica), por lo que yo me ahorraré comentar al respecto. Solamente diré lo que digo siempre: los políticos son fiel representación de la sociedad que los elige, y por ello gozan y adolecen de los mismos méritos y virtudes que el resto de ciudadanos.

La verdad es que a mí me gustaría que alguien me explicara como casan datos como los comentados, de aumento de la valoración negativa de los políticos, que sólo son un ejemplo de un estado de opinión extendido, con las encuestas que dan ganador por goleada en unas elecciones autonómicas valencianas a Camps, pese a Gürtel, Correa y todo lo que ya se sabe a día de hoy (más lo que se intuye). O cómo Fabra ha ganado holgadamente elecciones mientras estaba siendo procesado por delitos de corrupción por los que la fiscalía pide una pena de quince años de prisión. O por qué Artur Mas y CiU son favoritos para ganar las futuras autonómicas pese a que a nadie se le oculta su implicación profunda en el inicialmente conocido como caso Palau o Millet (y ahora, por favor, que nadie me venga con que en estos casos no hay sentencia y que los procesos judiciales deben seguir su curso, que la madre que parió a los hijos tontos se murió hace tiempo, y yo no estoy pidiendo que los enchironen sin juicio, la cosa no va por ahí).

¿Qué mensaje está enviando la ciudadanía a los políticos? ¿Que quien más roba más votos saca? ¿Que es igual que robes si luego gobiernas como a mí me gusta? ¿O es sólo una parte de la ciudadanía la que piensa así, precísamente la que vota a los partidos de derechas? ¿No será que hay un interés en aumentar la opinión negativa que muchos tienen de los políticos -merecida en algunos casos, no lo niego- porque saben que mientras para unos esa opinión negativa se truduce en que sus votantes se queden que casa, para otros no afecta lo más mínimo a su nivel de apoyo en las urnas? Se como fuere, ya sea la ciudadanía en conjunto la que comparte la misma visión, o aun en el caso de que nos hallemos ante una ciudadanía dual, con una parte muy estricta y purista, que se queda en casa y no vota, y otra a la que le es igual lo que haga su partido o su candidato, que lo va a votar igual (porque como decían los yanquis de Anastasio Somoza, y sin que ello implique que yo extienda el calificativo a nadie, “Puede que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta“), creo que la situación es muy preocupante.

Y es que estoy refiriéndome a algo que, para mí, es mucho más grave que gobernar mejor o peor, porque una cosa es acertar o no en las decisiones que se adoptan, y otra cosa es utilizar el cargo para emplear el dinero público el dinero de todos los ciudadanos, o sea nuestro dinero, en enriquecerse personalmente, o en financiar al partido, saltandose las reglas del juego que los demás respetan, o ambas cosas. Y si, como parece, estas últimas actitudes se premian en las urnas, me temo que el mensaje que los ciudadanos envían con ello a los políticos no es demasiado edificante y, en todo caso, contradictorio con el que día tras día podemos leer y escuchar en las más diversas tribunas. ¿En qué quedamos?

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