Mrs. Robinson

Ha querido la casualidad que estos días esté de actualidad una señora conocida como Mrs. Robinson que guarda un cierto paralelismo con la Mrs. Robinson que hizo famosa en 1967 la canción homónima interpretada por Simon & Garfunkel y la película El graduado (The Graduate), con Anne Bancroft y Dustin Hoffman.

Como la de la película, la Mrs. Robinson de ahora, Iris Robinson, esposa del ministro principal de Irlanda del Norte, Peter Robinson, es una mujer madura (59 años entonces) que se lía con un jovencito (19 años en el caso de la Mrs. Robinson irlandesa). Pero las semejanzas acaban ahí, y no solo porque Anne Bancroft tenía 36 años cuando hizo la película mientras que Dustin Hoffman tenía 30, aunque aparentaba algunos menos, sinó porque, como acostumbra a pasar, la realidad supera a la ficción y Iris Robinson da mucho, mucho más juego que el personaje que su día interpretó Anne Bancroft.

Resulta que Iris Robinson era (y supongo que es) una puritana extremista religiosa, de una iglesia evangelista protestante, concejal, diputada en Westminster y en la Asamblea del Úlster, que se ha caracterizado por sus radicales posiciones ciertos temas, en coincidencia con las posturas por las que otras veces he criticado a la iglesia católica de aquí, o al menos a su facción más extremista (lo que demuestra que, católica o protestante, cristiana o musulmana, en todas las iglesias cuecen habas).

Así, nuestra Mrs. Robinson piensa que “la homosexualidad es una aberración”, lo que le sirvió de excusa para no condenar el apaleamiento de un homosexual en Belfast (y criticarlo a él), y se permitió (en un alarde de hipocresía y  cara dura), criticar duramente a Hillary Clinton por perdonar las infidelidades de su esposo Bill, porque el adulterio es algo prohibido por la Biblia. Pero eso era la teoría, la práctica era que mantuvo un romance con Kirk McCambley, que además del contenido sexual-sentimental que pudiera tener, y que me importa más bien poco, la llevó a traficar influencias a su favor para que se le concediera la licencia para la explotación de un café.

Sí, se supone que está muy arrepentida y que cuando su marido la descubrió se intentó suicidar (ya conocemos de otras veces que para cierta gente lo malo no es hacer según qué, sino que te cojan). Pero si eso a la iglesia le sirve de disculpa (ellos lo tienen fácil, arrepentimiento, confesión, penitencia y como nuevos), a mí no. Para mí es otro ejemplo, uno más, de la hipocresía de los extremistas religiosos que en España, Irlanda o en cualquier otro país, aplican con gran soltura la conocida como ley del embudo: un agujerito pequeño para los demás, que deberían someterse a sus creencias y uno grande, muy grande, para ellos, que además, y a pesar de ser SU embudo, se pasan por el forro cuando conviene.

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