Seguro que todos hemos oído alguna vez la definición que dice que un (o una) economista es:

la persona que te dirá mañana por qué hoy no ha pasado lo que ayer predijo que pasaría

No se puede negar que es una frase ingeniosa, aunque injusta, como todas las generalizaciones, porque entre los economistas, como entre las demás profesiones, hay de todo, como en botica.

Pero sí es cierto que abundan en el mundo actual un cierto tipo de economistas, especialistas en hacer predicciones (ignoro si aparte hacen algo de más provecho), usualmente bastante catastróficas, y que suelen pifiarla de forma sistemática. Eso sí, una vez pifiada, son capaces de explicarte con pelos y señales cómo y por qué la han pifiado.

Viene esto a cuento por las críticas y las burlas que, para regocijo de los pobres de espíritu cuyo único consuelo es el mal del adversario (y no, esta vez no me refiero al Real Madrid, lo dejo para otro día), está recibiendo la política económica española de todos esos sesudos economistas de tantos y tantos organismos internacionales, y tantos y tantos países. Y no seré yo quien defienda ahora la política económica del gobierno o quien se meta en berenjenales técnicos, no tengo ni las ganas ni, mucho menos, conocimientos para ello, pero sí querría decir que es una verdadera lástima que tanto y tanto insigne economista que por ahí circula, de tanto fondo mundial, de tanta OCDE, de tanta primera potencia mundial, no fuera capaz de evitar que todo el mundo mundial cayera de cuatro patas en esta crisis en la que nos encontramos y de la que, les guste o no, tanto a los listos como a los “tontos” nos costará salir.