Portada El CasoRecuerdo que cuando yo era niño (ya ha llovido), existía un semanario, de nombre El Caso, que durante muchos años (desde 1952) se especializó en informar, con un notable éxito de ventas, de los sucesos de la España franquista, o al menos de los que el régimen permitía contar. Luego, ya bien entrada la democracia, su estela se fue desvaneciendo, hasta la desaparición hace veintidós años (a quien le interese, puede leer más sobre El Caso en Público y El País).

Desde hace ya algún tiempo, creo que casi todos los medios de comunicación son El Caso, y supongo que es precísamente eso lo que justifica su desaparición. Los medios, ya sean gráficos, hablados o escritos, priman las noticias negativas, y cuanto más truculentas mejor, por encima de las positivas, y hay días que los titulares de muchas publicaciones o programas informativos parecen más un parte de guerra que otra cosa. ¿Hay ahora más noticias negativas que antes? Creo que no. Hay, o llegan a los medios, más noticias, así en general, tanto buenas como malas, y que los medios comuniquen unas u otras depende de lo que quieren transmitir, o de lo que creen que su audiencia quiere recibir (aunque a menudo esto es un pez que se muerde la cola, porque la audiencia espera aquello a lo que está acostumbrada).

Por ello creo que vale la pena remarcar las buenas noticias, aun cuando solo sean buenas noticias en términos relativos, como la que se desprende del reportaje que leí en el último número de la revista Tráfico y Seguridad Vial, editada por la Dirección General de Tráfico, que tengo la fortuna de recibir en calidad de subscriptor consorte desde que mi esposa tiene carnet de conducir (por cierto, a partir de enero la edición en papel deja de ser gratuita con carácter general, pero nos queda la edición digital).

El reportaje en cuestión se refería a la disminución de fallecimientos por accidente de tráfico en la campaña de Verano de 2009, que ha arrojado cifras similares a las de 1963. Es una buena noticia muy relativa, por cuanto la pérdida de 377 vidas, considerada en forma aislada, es indudablemente un mala, una muy mala noticia. Pero si lo comparamos con los años anteriores, podemos comprobar que hay que ir hasta 1963 (cuando había 1,7 millones de coches, en lugar de los 30 actuales) para encontrar cifras similares (398 fallecidos) y que estamos muy, muy lejos de las puntas de siniestralidad que se registraron en 1989 (1378 fallecimientos), 1991 (1276) o 1987 (1188), lo que significa que se han dejado de perder muchísimas vidas, y esas vidas “salvadas”, sí son una buena noticia, de la que tod@s debemos felicitarnos sin lugar a dudas.

No deja de ser curioso como nuestra sociedad valora de forma muy diferente las muertes en función de su causa y/o de sus circunstancias. Se le da más importancia al fallecimiento de 20 personas a la vez en un accidente de tren (aunque solo ocurra uno en un año) que al de cientos de ellas (o en algunos años miles) en muchos accidentes de coche. Por no hablar de las muertes que tienen su en origen actos delictivos, y especialmente terroristas. Y digo yo ¿no es un terrorista el que coge el coche hasta arriba de alcohol y drogas? ¿no carece por igual de sentido la muerte de una víctima del terrorismo que la provocada porque alguien conducía a la vez que sostenía el móvil y perdió el control del vehículo?

Hemos mejorado mucho, pero nos queda mucho camino por recorrer hasta alcanzar el utópico objetivo de la siniestralidad cero. Y este camino es por un lado el camino de la mejora de los vehículos, de la mejora de las vías y de su señalización, y por el otro el de la concienciación, de la educación, y también el camino de la sanción para quien incumpla las normas. Y si hace falta castigar incumplimientos graves con penas privativas de libertad (según la misma revista hay 691 personas en la cárcel por delitos de tráfico y seguridad vial), bienvenido sea, si ello sirve para salvar vidas.