El interminable tema de la lengua

Vaya por delante que no me gusta escribir obviedades, pero en mi opinión básicamente obviedades son las cosas que a continuación expondré. Lo que pasa es que, al parecer, ciertas cosas para algunos no son tan obvias, o eso quieren que pensemos. Y como este mensaje está escrito pensando en ellos, lo escribo en castellano, para que lo entiendan si por un casual alguno lo lee. Voy:

La actual situación lingüística en Catalunya no es, aunque muchos quieran hacérnoslo creer, fruto de un proceso natural de evolución, suponiendo que dichos procesos naturales hayan existido alguna vez. O sea, la actual situación de predominio del castellano en Catalunya (supongo que esto está claro, si no, véase como ejemplo esta noticia del 20 Minutos de ayer), no se debe a que a la gente le guste más o sea más fácil o a que, como oí una vez de labios de alguien, sea un idioma más bonito o más agradable (como si la gente hablara uno u otro idioma en función de su belleza). Se debe, entre otras cosas (he de simplificar, sino este escrito seria más largo de lo que ya a buen seguro será) a que a lo largo de la Historia de España, y particularmente durante el siglo pasado, el catalán ha sido marginado y perseguido por quienes, por la fuerza de las armas, gobernaron este país.

Sí, básicamente me refiero a la dictadura franquista, tan próxima en el tiempo y tan lejana a la vez en la memoria de muchos. Para quien no lo sepa o no quiera saberlo, durante digamos veinticinco o treinta años (la dictadura duró más, pero ciertamente en los últimos años la cosa se relajó) hubo una única lengua oficial, el castellano, y el catalán estaba proscrito no solo en las relaciones con la administración pública, sino incluso en cuanto a su uso público entre particulares (sobre todo en los primeros años, que yo no viví pero me han contado). Entre otras cosas, esto quiere decir que el catalán estaba ausente de todos los medios de comunicación (prensa escrita, radio y televisión desde su inicio), de los espectáculos, incluso los deportivos (recuerdo que se castellanizaron incluso los nombres de los equipos), de la educación, de los libros, de las publicaciones infantiles, de la música. Como he dicho antes, a partir de un determinado momento la situación se relajó algo, y empezó a permitirse la música en catalán, los libros, las publicaciones infantiles … pero en el mejor de los casos la proporción entre oferta en castellano y en catalán no guardaba proporción alguna. A título de ejemplo, yo, hijo de emigrantes cordobeses (concretamente de Belalcázar, villa con un famoso y bonito castillo que espero que la Junta de Andalucía, que es su actual propietario, algún día pueda restaurar, y perdón por la divagación) viví mi infancia y mi adolescencia totalmente al margen del catalán. Sí, sabía que existía, e incluso oía gente que lo hablaba, pero ni yo lo hablaba, ni lo leía, ni falta que me hacía para nada. No tuve catalán como asignatura hasta que cursé tercero de BUP (curso 78-79), y ese fue el único año, y toda mi enseñanza salvo alguna asignatura en la universidad (o sea en los ochenta) se cursó en castellano. Y ojo, el castellano es y será mi lengua materna, y no renuncio a él en absoluto, pero creo que no necesita ser defendido, no en Catalunya, al menos.

Muerto el dictador y con él su dictadura, para haber revertido el efecto de la persecución a que acabo de referirme habría que haber hecho lo mismo, pero al revés. O sea, que durante veinticinco o treinta años el catalán hubiera sido la única lengua oficial, y la de todos los medios de comunicación, los libros, las publicaciones infantiles, los espectáculos, el comercio, las empresas, la educación, etc. Pero aparte de las dificultades técnicas que ello hubiera supuesto en un mundo en el que, afortunadamente, las fronteras cada vez importan menos, nadie nunca pretendió eso, porque un gobierno democrático no puede comportarse como una dictadura. Ya sé que algunos, con un cinismo que a mí me cuesta entender, comparan la política lingüística de los diversos gobiernos de Catalunya con la de la dictadura, pero todo aquel que haya vivido las dos épocas, o que se haya molestado en informarse, sabe que es mentira, una más.

En lugar de eso, los diversos gobiernos de Catalunya hicieron lo que era no solamente su derecho, sino su obligación: adoptar medidas para intentar que el catalán ocupara el lugar que a buen seguro hubiera ocupado de no mediar la dictadura, fomentando su uso en todos los ámbitos, pero sin que ello supusiera, de ningún modo, prohibir el uso del castellano (digan lo que digan los mentirosos, no se sanciona a nadie por usar el castellano, se sanciona por no usar el catalán cuando la ley así lo indica, y eso no es ni mucho menos lo mismo). Quizás la medida estrella de todo el sistema fue la adopción de una única red educativa, que en lugar de separar a los alumnos por su lengua (con todo lo que ello hubiera supuesto de negativo) los integrara, y que para conseguir el equilibro entre las dos lenguas, utilizaba la inmersión lingüística en catalán como herramienta, porque como a mi me enseñaron cuando estudiaba derecho, igualdad es tratar desigualmente a los desiguales, y la situación entre castellano y catalán no podía ser más desigual. Hay que decir, de todos modos, que la inmersión lingüística nunca ha existido de un modo generalizado, porque aunque el catalán haya sido la lengua oficial de los centros y la vehicular de la enseñanza (y no pondría yo la mano en el fuego porque siempre haya sido así), no lo ha sido en la relación personal entre alumnos, o entre alumnos y profesores fuera de clase, y eso, se mire por donde se mire, no es inmersión.

Pero bueno, con esta pseudoinmersión, y otras medidas de normalización lingüística, más o menos pudo mantenerse la presencia social del catalán, sin que ello supusiera ningún problema para la inmensa mayoría de los castellanoparlantes, o si lo supuso no nos enteramos de ello hasta que, oh casualidad, Catalunya paso a ser gobernada por una mayoría de progreso. Fue entonces cuando, por razones eminentemente políticas, desde dentro y, sobre todo, desde fuera de Catalunya, comandados por los medios de comunicación españoles, o mejor dicho de la “Puta España, negra, cavernícola, reaccionaria, casposa y fascista” a la que se refería el genial y llorado Pepe Rubianes, y que por fortuna no se corresponde con la España plural en la que muchos creemos, se iniciaron los ataques a gran escala contra la política lingüística catalana (que llevaba ya veinte años de aplicación), denunciando una presunta persecución del castellano, y de los castellanoparlantes.

Pero, ¿cual es la realidad de Catalunya? Pues la realidad es que, veinticinco años después de la ley de normalización lingüística, si yo quiero ir al cine y ver una película en catalán, mis opciones son mínimas (solo un 3% de las películas se doblan al catalán). Si quiero comprar un libro, tengo muchas más opciones en castellano que en catalán (y no solo porque el castellano tenga a nivel mundial más hablantes y más escritores que el catalán, que eso sería lógico, sino porque muchas obras que no han sido escritas en ninguno de los dos idiomas no se traducen al catalán). Si quiero comprar un periódico en catalán, tengo poco donde elegir (y por ejemplo entre los deportivos aun menos).

Si quiero ver televisión en catalán, y descontando el satélite y el cable, porque entonces la situación es aun peor, tengo que elegir entre TV3, C33, K3, 3-24, Canal 9 (que aquí podemos ver aunque los peperos valencianos no permitan que allí se vea TV3) y algunas televisiones locales. A lo sumo un tercio del total de los canales. ¿Canales temáticos de, por ejemplo, dibujos animados o programación infantil en catalán? Digamos que medio (o sea una parte del K3). ¿Y en castellano? Sin satélite ni cable, tenemos Clan TV y Disney Channel, y si les añadimos Playhouse, Jetix, Boomerang, Cartoon Network, etc. mejor no contarlos.

Así se explica que mi hija, con casi seis años, que asiste un colegio público donde se practica esa pseudoinmersión lingüística a que me he referido, que habla con sus padres únicamente en catalán, igual que con el resto de la familia salvo sus abuelos paternos (mis padres) y a la que le compramos libros únicamente en catalán, hable, entienda y lea perfectamente en castellano (tan perfectamente como en catalán, al menos, teniendo en cuenta su edad).

Por eso cuando oigo a alguien hablar de persecución del castellano en Catalunya, de lo primero que me vienen ganas es de decirle, utilizando una bonita expresión que, mira por donde, se utiliza tanto en castellano como en catalán, es que se vaya a hacer puñetas.

Pero en realidad, todos sabemos que la verdadera motivación del tema no es la que utilizan como excusa. La verdadera motivación es que hay quien piensa que como estamos en España, hay que hablar en español (como ellos lo llaman), por sus cojones. Y punto. Y deliberadamente, con toda la chulería y la prepotencia que les caracteriza, olvidan que Catalunya tiene una lengua propia, que se llama catalán, que igual que el castellano y otras derivó del latín, y que se habla desde hace cientos de años, no para fastidiar a nadie, sino con la misma naturalidad que en Valladolid se pueda hablar castellano o francés en París. Y que es legítimo que queramos preservar esa lengua, y que por lo tanto nuestros gobernantes adopten las medidas necesarias a tal fin. Tanto como que se intente proteger al castellano, o al francés, contra el predominio del inglés (o incluso más, puesto que su situación es peor).

Posiblemente para ellos sea más incómodo (a la gente cerrada de mente eso de aprender cosas nuevas se les hace muy cuesta arriba, es curioso en cambio ver como hay recién llegados que con una mínima voluntad utilizan el catalán sin problemas), pero dado que aquí no obligamos a nadie a quedarse, si tan insoportable se les hace, tienen una fácil solución.

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