Blog personal i polític de Manuel Cáceres
Matrimonio entre católicos
El otro día, entre las muchas cosas que uno recibe cotidianamente vía internet, estaba un mensaje con el texto que reproduzco a continuación.
Addenda posterior: Gracias a Judas, me entero de que el texto procede de Psicofonías, el blog de Psicobyte. Quede constancia del reconocimiento (y del agradecimiento).
El texto en cuestión decía:
Estoy completamente a favor de permitir el matrimonio entre católicos.Me parece una injusticia y un error tratar de impedírselo. El catolicismo no es una enfermedad.
Los católicos, pese a que a muchos no les gusten o les parezcan extraños, son personas normales y deben poseer los mismos derechos que los demás, como si fueran, por ejemplo, informáticos u homosexuales.
Soy consciente de que muchos comportamientos y rasgos de carácter de las personas católicas, como su actitud casi enfermiza hacia el sexo, pueden parecernos extraños a los demás. Sé que incluso, a veces, podrían esgrimirse argumentos de salubridad pública, como su peligroso y deliberado rechazo a los preservativos. Sé también que muchas de sus costumbres, como la exhibición pública de imágenes de torturados, pueden incomodar a algunos.
Pero esto, además de ser más una imagen mediática que una realidad, no es razón para impedirles el ejercicio del matrimonio.
Algunos podrían argumentar que un matrimonio entre católicos no es un matrimonio real, porque para ellos es un ritual y un precepto religioso ante su dios, en lugar de una unión entre dos personas. También, dado que los hijos fuera del matrimonio están gravemente condenados por la iglesia, algunos podrían considerar que permitir que los católicos se casen incrementará el número de matrimonios por “el qué dirán” o por la simple búsqueda de sexo (prohibido por su religión fuera del matrimonio), incrementando con ello la violencia en el hogar y las familias desestructuradas. Pero hay que recordar que esto no es algo que ocurra sólo en las familias católicas y que, dado que no podemos meternos en la cabeza de los demás, no debemos juzgar sus motivaciones.
Por otro lado, el decir que eso no es matrimonio y que debería ser llamado de otra forma, no es más que una forma un tanto ruin de desviar el debate a cuestiones semánticas que no vienen al caso: Aunque sea entre católicos, un matrimonio es un matrimonio, y una familia es una familia. Y con esta alusión a la familia paso a otro tema candente del que mi opinión, espero, o resulte demasiado radical: También estoy a favor de permitir que los católicos adopten hijos. Algunos se escandalizarán ante una afirmación de este tipo. Es probable que alguno responda con exclamaciones del tipo de “¿Católicos adoptando hijos? ¡Esos niños podrían hacerse católicos!”.
Veo ese tipo de críticas y respondo: Si bien es cierto que los hijos de católicos tienen mucha mayor probabilidad de convertirse a su vez en católicos (al contrario que, por ejemplo, ocurre en la informática o la homosexualidad), ya he argumentado antes que los católicos son personas como los demás. Pese a las opiniones de algunos y a los indicios, no hay pruebas evidentes de que unos padres católicos estén peor preparados para educar a un hijo, ni de que el ambiente religiosamente sesgado de un hogar católico sea una influencia negativa para el niño. Además, los tribunales de adopción juzgan cada caso individualmente, y es precisamente su labor determinar la idoneidad de los padres.
En definitiva, y pese a las opiniones de algunos sectores, creo que debería permitírseles también a los católicos tanto el matrimonio como la adopción. Exactamente igual que a los informáticos y a los homosexuales.
Más allá de lo gracioso que lo pueda encontrar cada uno (esto del humor es algo muy personal), debería servir para hacernos pensar que no deberíamos desear para los demás lo que no deseamos para nosotros, y que las personas, independientemente de su orientación sexual o religiosa, son personas, iguales en derechos y deberes.
| Imprimir article | Aquest article fou publicat per Manuel el 24/10/2005 a les 18:04, i es trobar arxivat a Política, Reflexions gratuïtes. Segueix les respostes a aquesta entrada a través de RSS 2.0. Pots deixar un comentari o enviar un trackback des del teu propi lloc. |



fa 6 anys
Te comento, más porque se vé que no lo sabes que por otra cosa, que el autor de ese texto es Alan Psicobyte, publicado por primeravez en su blog Psicofonías.
Te lo digo porque se lo han plagiado varias veces, lo han metido en una cadena d emails y otra cosas. Y el texto tiene licencia Creative Commons, así que no estaría de más que lo citaras.
Un saludo.
fa 6 anys
Lo dicho Judas, gracias.
fa 6 anys
Hola Manuel.
He descubierto tu blog leyendo los foros de redprogresista.
Ha sido una grata sorpresa descubrir a más gente concienciada con las mismas ideas.
Somos los dos de Terrassa aunque nos distacia la edad (media generación más o menos), jajaja.
Pues nada. Solo te escribía para saludarte, esperando que me den pronto el alta dentro de la red para poder postear y participar más activamente.
Un saludo.
fa 6 anys
Por tus risas entiendo que en este caso la distancia de edad es a tu favor
Bienvenido, y si quieres mirar la página de otro miembro de Red Progresista también de Terrassa, mira aquí.
fa 6 anys
Supongo, por lo que he leído en el foro de redprogresista, que te referías a este link http://www.mediastintas.com/ . Ya que no salía el link que habías colocado como activo y no llevaba a ningún sitio.
En lo de la edad tienes razón, casi 34 primaveras me contemplan, jeje.
Venga, saludos que ya es hora de hablar un ratito con Morfeo.
fa 6 anys
Vaya, no sé que ha pasado con el link, pero sí, me refería a ese.
fa 6 anys
Pues parece que va siendo hora de un encuentro de bloggers en Terrassa. Al menos para una cervecita.
Si hay problemas de edad yo hago de puente generacional que tengo 38 tacos.
fa 6 anys
Por mí encantado, aunque en cuanto a la edad estás en mi generación, Fidel, no te hagas ilusiones.;-)
fa 6 anys
Aysssss siempre pensando en las cervezas, jajaja.
¿Cuántos somos de Terrassa?. A ver si seremos un lobby dentro de redprogresista, jejeje.
fa 6 anys
Tenemos evidencias de que, pese a la tolerancia generalizada en el período de hegemonía pagana, la homosexualidad no fue vista precisamente como una virtud cívica. Las pruebas son de dos tipos, positivas y negativas.
Empezando por las negativas nos encontramos con el hecho indiscutible de que el matrimonio, institución reconocida como fundamental por esas sociedades, jamás se hizo extensible a personas del mismo sexo, ni hubo pugnas a este respecto, dándose por sentada -según la costumbre y el derecho natural- su circunscripción a las uniones entre hombre y mujer. Sin embargo, no puede hablarse de que ello se debiera a una situación de dominio por parte de las castas heterosexuales, cuando se admite que individuos con un poder absoluto como Alejandro Magno o Julio César contaban con amantes masculinos conocidos.
La sociedad grecorromana, pues, renunció a lo largo de toda su historia a dotar a las relaciones de signo homosexual de un estatus equiparable al de aquellas susceptibles de engendrar nuevos miembros, reivindicación que sólo puede entenderse en el marco de la posmodernidad y a raíz de la llamada “revolución sexual” de la segunda mitad del siglo XX.
En lo tocante a las pruebas positivas, valgan tres nada desdeñables como muestra:
En primer lugar, el filósofo Platón, a pesar de sostener la legitimidad moral del erotismo sublimado y continente (amor platónico) también entre varones, lo opone sin ningún género de dudas al amor impulsivo y carnal propio de los jovenzuelos. En la narración de su famoso diálogo “El Banquete” vemos a Alcibíades irrumpir en el simposio de sabios con los modales de un amanerado y anhelando del amor de Sócrates, platónico por supuesto, más de lo que éste le podía dar. Su actitud carnalmente apasionada contrasta con el discurso sobrio y viril del maestro, articulado a través de Diotima, que define los límites del amor y resume su concepto en el de amor al bien, entendido como multiplicación o aumento del ser:
”- Impulso creador, Sócrates, tienen, en efecto, todos los hombres, no sólo según el cuerpo, sino también según el alma, y cuando se encuentran en cierta edad, nuestra naturaleza desea procrear. Pero no puedo procrear en lo feo, sino sólo en lo bello. La unión de hombre y mujer es, efectivamente, procreación y es una obra divina, pues la fecundidad y la reproducción es lo que de inmortal existe en el ser vivo, que es mortal. Pero es imposible que este proceso llegue a producirse en lo que es incompatible, e incompatible es lo feo con todo lo divino, mientras que lo bello es, en cambio, compatible. Así pues, la belleza es la moira y la ilitía del nacimiento. Por esta razón, cuando lo que tiene impulso creador se acerca a lo bello, se vuelve propicio y se derrama contento, procrea y engendra; pero cuando se acerca a lo feo, ceñudo y afligido se contrae en sí mismo, se aparta, se encoge y no engendra, sino que retiene el fruto de su fecundidad y lo soporta penosamente. De ahí, precisamente, que al que está fecundado y ya abultado le sobrevenga el fuerte arrebato por lo bello, porque libera al que lo posee de los grandes dolores del parto. Pues el amor, Sócrates, no es amor de lo bello, como tú crees.
- ¿pues qué es entonces?
- amor de la generación y procreación en lo bello.”
Ni que decir tiene que el pasaje en el que Platón pone en boca del autor de comedias Aristófanes el discurso sobre los tres tipos de andrógino, que parecen defender la pansexualidad del hombre sin mayores distinciones o jerarquías morales, no puede quedar ideológicamente por encima de la parte central del diálogo. Si hemos de juzgar las intenciones del autor valiéndonos de la filología, normal será decantarse por la argumentación de la fase concluyente del texto, protagonizada por Sócrates y Diotima, en lugar de por aquella, quizá hecha en tono jocoso, de la que se responsabiliza a alguien cuya credibilidad para Platón distaba mucho de estar afianzada (recuérdese que Aristófanes difama a Sócrates en “Las nubes” e incluso llega a asociar a los filósofos con “los mariquitas” [sic]).
No descuidamos aportar elementos biográficos de Platón en defensa de nuestra tesis. El filósofo ateniense condenó una experiencia de sodomía -supuestamente forzada- calificándola de humillante y denigrante en grado sumo. Que mantuvo su opinión hasta la vejez es algo que puede comprobarse a partir de este extracto de su última gran obra, “Las Leyes”, que confirma el criterio de “El Banquete”:
“… renunciando a ese trato con otros hombres, a matar intencionadamente a la especie humana, a sembrar en rocas y piedras donde nunca la semilla podrá arraigar ni tomar su propia y fecunda naturaleza”.
La segunda prueba positiva procede de los historiadores romanos Suetonio y Tácito. Suetonio destacó las prácticas homosexuales, incestuosas y pedófilas en la retahíla de hechos ominosos con los que caracterizaba a los más nefastos emperadores de la dinastía Julio-Claudia. Tácito, a su vez, ridiculizó el episodio de la simulación de boda entre Nerón y su concubino travestido.
La tercera y postrera prueba la hallamos en Séneca, quien en sus “Cuestiones naturales”, al tratar la naturaleza de los espejos, arremete con gran virulencia contra cierto ciudadano romano entregado, según explica, a la depravación bisexual con la ayuda de un estímulo erótico consistente en observar el reflejo de su propia imagen mientras es sometido.
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